Artículo Volumen 5, Nº2, 2017

Comentario de libro: “La guerra no tiene rostro de mujer”, por Svetlana Alexievich / Chile, Debate, 2015, 368 pp. ISBN: 9789873752353

Autor(es)

Pablo Rivas Pardo

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Sobre los autores

La Academia Sueca entregó a Svetlana Alexievich, periodista y escritora ucraniana, el Premio Nobel de Literatura en el año 2015, en razón de “sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”. Tal reconocimiento se condice con su libro La Guerra no Tiene Rostro de Mujer, cuyo contenido son las memorias personales de mujeres soviéticas, desde su enrolamiento en la Gran Guerra Patria (Segunda Guerra Mundial) hasta su fin, en mayo de 1945.

Dos citas del libro explican el lugar desde donde Alexievich lo escribe. Primero, que “los sentimientos son la realidad” (pág. 19), y segundo, que “la Historia de la guerra ha sido reemplazada por la Historia de la victoria” (pág. 26). Si esta última nos indica que la historiografía no escribe todo lo sucedido, ya que la victoria lo tapa todo, la primera muestra esa perspectiva no escrita, como es la memoria personal, los recuerdos íntimos de las batallas y, en especial, lo que las mujeres no cuentan tras ganar la guerra.

La primera versión del libro, que data de 1985, fue parcialmente censurada por el régimen soviético, ya que atentaba contra la verdad oficial, donde la mujer era recordada como una heroína de la resistencia bajo un rol femenino. Sin embargo, y bajo eso, estaba latente el relato de las mujeres que volvieron de la guerra que Alexievich recopiló durante los años setenta sobre la base de varias entrevistas, algunas con nombres, otras manteniendo el anonimato, de manera presencial y por carta. Finalmente, su publicación llevó a que otras mujeres quisieran contar su vida. Fue una catarsis.

En consecuencia, ¿por qué volver a publicar un libro 30 años después? y ¿por qué leerlo? Pues bien, además de ser una versión extendida y sin censura, su aporte inédito de contar relatos de mujeres en un contexto que se creía exclusivo para hombres (como la guerra) sigue siendo valioso 70 años después de terminado el conflicto. La autora demuestra con hechos que los roles son construidos por la sociedad.

Las experiencias registradas son enriquecedoras y variopintas, cada una cuenta una guerra propia y, por supuesto, son totalmente heterogéneas (o polifónicas, como lo señaló la Academia Sueca). Por ejemplo, una entrevistada señala que tras la guerra vivió dos vidas, “una de hombre y otra de mujer” (pág. 38), ya que la necesidad las llevó a participar en igualdad de condiciones y exigencias con los hombres en el frente de combate pero, terminada la guerra se perdió esa igualdad, volviendo a relaciones humanas establecidas por roles. No importaba la edad, estado civil, situación laboral o educacional, existía una responsabilidad superior que no era exclusiva de los hombres. Como otro ejemplo de esta polifonía, una mujer de las Tropas de Reconocimiento cuenta que el mismo día que recibió su primera medalla tuvo su primera menstruación “vi la sangre y lancé un grito” (pág. 76); ella no tenía claridad de lo que le pasaba, pero a pesar de su juventud asumió voluntariamente la responsabilidad de la guerra.

Una contradicción, entre una creencia ignorante y la realidad de los hechos, es que la guerra junto con ser descrita como difícil y dolorosa, abrió para muchas mujeres un espacio donde eran tratadas como iguales en relación con los hombres. La vida en la trinchera las equiparó, les dio un rol, un estatus que en la paz no se volvió a dar ni a sentir; es por eso que surgió en muchas la pregunta mientras estaban enroladas “¿qué haremos cuando seamos civiles?” (pág. 146). Como señala una capitán médico en las entrevistas, las mujeres “después de la guerra tuvieron que luchar en otra guerra” (pág. 261), ya que no solo existió indiferencia en cuanto a su participación en las batallas, sino que también fue mal visto que las mujeres hayan luchado, incluso algunas fueron prejuzgadas como prostitutas por esta decisión. Otra mujer, una francotiradora, señala que “antes había miedo a la muerte, ahora temía a la vida” (pág. 284), puesto que la discriminación sufrida era tan fuerte que las excluían de los desfiles militares conmemorativos y no tenían acceso a círculos de Veteranos del régimen soviético. Algunas veteranas de guerra ocultaron su participación por vergüenza o recriminación social.

Luego de la victoria, se cerró el capítulo para ellas y dejaron de ser parte de la memoria. Durante la guerra, las mujeres hicieron cosas que “eran” de hombres, valorándoseles en ese momento. Luego ya no. Lo anterior quedó silenciado, y este libro logró abrir esa memoria y transformarla en relato público cuarenta años después. Antes de esta publicación no había testimonio escrito que dejara registro de la memoria de las mujeres soviéticas que fueron a la guerra.

Sus lectores podrán experimentar varios sentimientos, como sorpresa, empatía, pena y desasosiego; y también entender la guerra como un relato de la vida pública y, a la vez, como hechos íntimos de la historia personal. La ganadora del Nobel se motivó a escribir sobre un tema muy trabajado, como es la Segunda Guerra Mundial, pero desde una fuente distinta: el relato de las mujeres.

Algo que causa extrañeza es que casos de violencia de género no están muy presentes en el libro. A modo de ejemplo, solo se relata un episodio de violación sexual de tropas rusas contra mujeres civiles alemanas, una situación de acoso de uniformados rusos contra una compañera de armas y un caso de mutilación por parte de soldados alemanes en contra de una soldada rusa. Tal silencio podría deberse a tres cosas: uno, que no existió realmente y tal violencia podría ser un fenómeno que surgió a fines del Siglo XX; dos, que como todo trabajo basado en entrevistas sobre hechos pretéritos, las entrevistadas no ahondaron en eso; o tres, la autora no quiso incluirlo.

Por último, y en resumen, Svetlana Alexievich hace un gran legado al romper el esquema de roles del hombre y la mujer con hechos reales en un contexto tan extremo como la guerra. Gracias a su trabajo, vemos que las mujeres soviéticas participaron no solo en servicios que emulaban la extensión de la vida doméstica en el frente de combate, como ser lavanderas, cocineras, panaderas, entre otros oficios, sino que también hubo mujeres francotiradoras, pilotos de avión y partisanas; por lo que, en un contexto de normalidad, no deberían existir diferencias culturales basadas en la diferencia de sexo en ninguna parte del mundo.

Esta narración nos aleja de la guerra como un relato épico y del dolor triunfante o glorioso. Al contrario, es un relato rico a escala humana y rompe la idea de que la diferencia de sexo debe incluir la creación de roles predeterminados.